
El Arrugado no podía apartar la vista del cuenco con la caldereta de pescado, ni hacer otra interpretación sobre el pez cuya cola asoma como un mástil náufrago que al zambullirse se quedó clavado y sobre el cangrejo de expresión humana (metamorfoseado en su desgracia, lo que dibuja una arruga condescendiente) que huye, o lo intenta, de la papilla infernal (ambos, añade su nariz arrugada, difieren en su actitud ante el azufre)
Cabía la posibilidad de que si conseguía dejar de mirar la tragedia se desvaneciera; recordó aquel cuento en que uno de los personajes tan solo existía si alguien se dirigía a él. Entonces se sirvió una generosa ración de vino.










